La pedantería pedagógica


Black and violet. Kandinsky

Hacia una praxis más tolerante y humana de la enseñanza
en el aula universitaria

Luis Cuéllar
Universidad de Oriente - Venezuela

Promover el ejercicio democrático de la discusión de las ideas en el aula significa generar la madurez intelectual en nuestros estudiantes: su capacidad analítica y reflexiva sobre los objetos, hechos o situaciones a su alrededor. Atender estos aspectos debería ser uno de los principales compromisos éticos de un docente universitario; ello si en realidad pretende divulgar el saber académico junto al fomento irrenunciable de la libertad de pensamiento. Sin embargo, preocupa ver como el desconocimiento de los nuevos enfoques didácticos en las diferentes asignaturas precipita –cada vez con mayor frecuencia– una clara confrontación de voluntades entre los jóvenes universitarios y sus profesores; los orígenes de esta preocupante realidad podrían estar, entre otras razones, en la intolerancia y en la pedantería pedagógica.

La asistencia a clases cuya retórica académica se centra tan sólo en la exposición prescriptiva, normativa, abstracta, de las teorías agobia a los discentes y provoca actitudes que, lejos de acercarlos al conocimiento, más bien pueden llegar a esterilizar la vocación por el propio aprendizaje. Paradójicamente, salvo casos aislados, este error metodológico en la enseñanza universitaria no está relacionado con las deficiencias conceptuales del docente respecto a la materia dictada, sino con el excesivo manejo especializado de la misma. El uso de tecnolectos (jerga o formulismo técnico), por ejemplo, es comprensible para el docto y su grupo de colegas, pero no lo es para quien se inicia en una determinada disciplina del saber. Más allá de la transmisión exhaustiva y especializada de un tema, se espera su aprovechamiento a través de una estrategia didáctica que despierte en los estudiantes la curiosidad, el gusto y el placer por el estudio de los diversos contenidos programáticos.

Dado este orden de ideas, es recomendable instruir con talleres, prácticas, modelos y ejemplos en los cuales se vinculen las teorías adquiridas con los posibles contextos reales de aplicación; así, la enseñanza de una asignatura estimularía el deseo sincero de entenderla. Sería, pues, más conveniente, desde un punto de vista pedagógico, empezar el estudio de las asignaturas según la perspectiva de sus teorías iniciales, según sus antecedentes, antes de querer impresionar por medio del elevado tecnicismo y complejidad del cual gozan en la actualidad. La pedantería pedagógica debe sustituirse, entonces, por la humildad científica del docente, por una actitud tolerante que respete los intereses del educando; intereses relacionados tanto con los propios objetivos y contenidos de una determinada materia, como con las –en reiteradas ocasiones, dictatoriales– estrategias de evaluación a las que deberá someterse durante el período académico.

De nada sirve memorizar fórmulas, conceptos, nomenclaturas o fechas si los mismos carecen de la asociación elemental para generar la indagación personal en el estudiante. Por tal motivo, urge fomentar la curiosidad, la capacidad de análisis y, ¿por qué no decirlo?, la irreverencia o disidencia razonadas en los alumnos; ello representaría el comienzo de un intercambio de ideas verdaderamente democrático, dialéctico, humanista, entre éstos y sus profesores –al respecto, sería adecuado que los docentes se involucraran con mayor frecuencia en las reflexiones pedagógicas de la filosofía de la educación–. Sólo así se constituiría una sociedad verdaderamente plural, donde cada individuo fuese capaz de escuchar, opinar y discutir sin el temor a ser sancionado, vejado o reprimido por quienes pretenden atribuirse el poder económico, político, cultural e intelectual; sólo así podremos darnos por satisfechos quienes tenemos el honroso compromiso de formar a los futuros ciudadanos responsables del desarrollo y progreso de nuestro país.

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